miércoles, 12 de diciembre de 2012

Ya no sé como es la cosa.

Lo único que sé en este momento es que la extraño con locura. Lo que no sé es qué fue exactamente lo que hizo en mí.

Fuere lo que fuere, es positivo. En extremo. Más o menos tan positivo como decir que es lo mejor que me pasó en mi corta (aunque a veces parece que hubiese sido eterna) vida.

Pero nada de eso quita que en mí permanezca la interrogante: ¿cómo cambió, exactamente, todo? Tengo dos teorías:

(1) Estar con ella me hace excepcionalmente feliz, más de lo que tengo permitido ser mientras ella no está. Esta teoría postula que cada momento que paso con ella es tan perfecto que todo instante en que se ausenta de mi lado, en comparación, carece de todo sentido; pero, sin embargo, esos instantes sin ella son, en sí, mi vida y en lo que esta consiste.

(2) Estar con ella saca el "yo" que debería estar presente siempre. Según esta teoría, estoy destinado a ser feliz, y es lo que debo ser, y al ser los momentos a su lado los que me elevan a ese nivel de felicidad, se entiende que es mi destino, si he de ser feliz, permanecer a su lado y que ella permanezca al mio. Entonces se deduce que los momentos erróneos, "incorrectos", sin sentido, son aquellos en que no estoy con ella.

Por si no se notó, mi favorita es la segunda teoría.

Sin embargo, nada de esto es relevante. Simplemente porque indiferentemente de qué tan importante sea ella para mí, y que tanto necesito estar a su lado, su presencia requisito de mi felicidad... No va a cambiar nada. Es decir, no importa que tanto piense en esto y lo escriba, no va a modificar nada. Quizá porque no lo permiten las circunstancias. Quizá porque le incomode leer esto, y prefiera hacer de cuenta que nunca lo leyó. O quizá porque simplemente no comparte la profundidad de mi amor, siendo incapaz de sentir por mí, no afecto ni apego, sino esta adoración, este desmedido amor que yo siento por ella, con la intensidad con la que lo siento yo. Y es en este momento en que siempre se genera esa incómoda pregunta... ¿Debería importarme esto? ¿Debería siquiera tomarlo en consideración? ¿Debería quizá hasta preocuparme de seguir así?

No sé. Y francamente, no quiero ni pensar en ello. No tanto porque le tenga miedo a la respuesta (que sí lo tengo) sino porque, al menos en este momento, es una cuestión irrelevante, inofensiva... Claro que si en un futuro se vuelve un problema, voy a arrepentirme de no haber pensado en ello ahora.

Pero en fin. Basta con eso de pensar, Iván. Yo también la extraño de una manera exagerada, pero ni yo ni vos podemos hacer nada para cambiarlo. Habrá que seguir esperando.

Hasta entonces.

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